“Raídos”, sobre la explotación en los yerbales

Cultura, INJUSTICIAS, YERBA MATE | miércoles 10 de mayo de 2017


“Raídos”, de Diego Marcone, se estrenará el jueves en Capital Federal. El valioso documental revela las paupérrimas condiciones de vida de los trabajadores tareferos de la provincia de Misiones, que buscan superarse día a día a pesar de ser sometidos desde hace décadas a la explotación de un trabajo rudo, doloroso y mal pago, que además va consumiendo sus cuerpos.

La película registra desde muy cerca y a lo largo de un año la vida de un grupo de jóvenes que habitan los barrios humildes de la ciudad misionera de Montecarlo, que buscan subsistir en la tarefa -la cosecha de hojas de yerba mate- tal y como lo vienen haciendo desde hace décadas sus propios padres, abuelos y antepasados.

Con una investigación de la socióloga María Luz Roa como punto de partida, Marcone se acercó al tema “sin tener la menor idea de cómo era el trabajo detrás de la yerba. No sentía tener una relación para poder contarlo desde un lugar auténtico, pero me empezó a llamar la atención cuando supe de las condiciones de trabajo. La mayoría tenemos poca o ninguna idea de lo que hay detrás de algo tan simbólico para los argentinos como el mate”.

En una entrevista con Télam, Marcone sostuvo que partió del trabajo de Roa para emprender el suyo propio: “Viajé mucho a la zona para conocer más de sus historias. Además, fue una forma de conocer a los trabajadores en primera persona y testear cómo reaccionaban frente a la cámara. Así encontré a aquellos que me permitían acercarme, que tenían la necesidad de contarme algo y que aprovecharon la oportunidad del documental para hacerlo”.

Entre otras problemáticas, los cosechadores de la yerba mate deben soportar el empleo en negro mal pago, viviendas precarias, falta de acceso a los servicios básicos, trabajo infantil, falta de cobertura médica para accidentes y continuos problemas sanitarios a causa de la exposición al veneno para fumigar las plantaciones.

Todos ellos conocen la tarefa desde niños, se crían en un entorno de pobreza y se ven obligados a dejar los estudios y comenzar a trabajar entre los 12 y los 16 años, convirtiendo sus cuerpos en máquinas de cosecha, ya que deben arrancar las ramas y pelar las hojas a toda velocidad para poder reunir más kilos de yerba por jornada.

El cineasta, que destacó “la generosidad de esas personas, a las que les cuesta mucho alimentarse y sin embargo te reciben con un plato de comida”, los retrata en su día a día desde que despiertan en el frío de la madrugada para desayunar apenas algunos mates y un poco de “reviro” (un menjunje de harina, agua y aceite) antes de partir en camión hacia el campo, donde pasarán el resto de la jornada cosechando a mano cientos de kilos de hojas de yerba.

Soportando el frío, el calor, la lluvia y el hambre, los tareferos calculan cuánto dinero ganan por día según cuántos “raídos” de yerba pudieron juntar: por cada “raído” -que pesa más o menos 100 kilos y envuelve a las hojas de yerba en una enorme ponchada de arpillera- ganan entre 50 y 60 pesos, una cifra ofensiva si se tiene en cuenta que la yerba que ellos mismos consumen la compran luego a 35 pesos el kilo.

“Esta es una forma de explotación que viene desde de la época de la conquista española, porque la forma de trabajo fue siempre perjudicial para los tareferos, al punto de que ellos deben poner sus propias herramientas. Ni siquiera están cubiertas las condiciones mínimas de trabajo, porque incluso hay un montón de accidentes, como cortes y quebraduras, pero muy pocos están asegurados”, dijo Marcone, que convivió con ellos.

El cineasta agregó que “a la hora de recibir el pago ellos están todo el tiempo en deuda, hay siempre una cuenta rara en donde les hacen un descuento permanente. A veces, incluso, les pagan con vales de compra que sólo pueden usar en las tiendas de sus patrones. Están presos de una situación de la que no tienen alternativa ni opción. Es muy difícil para ellos conseguir otro trabajo, y como el que les paga sabe que es así, hay mucho abuso de poder”.

Después de compartir con ellos semanas y hasta meses para ganarse su confianza y poder retratarlos en su intimidad, Marcone descubrió que “hay mucha segregación en la sociedad en Misiones, algo que es un reflejo de lo que ocurre en todo el país, donde se ve una distancia muy marcada entre las clases bajas y las otras. Cuando los tareferos van a la ciudad se sienten y les hacen sentir como extranjeros”.

“Hay una exclusión muy marcada”, reiteró el cineasta, y agregó: “Lo que más me dolió es que ellos tienen asumida esa condición. Son muchos años de una cultura que marca esa diferencia, los hace sentir ciudadanos de segunda y les hace creer que no pueden aspirar a otra cosa. Cuando ya nacés en esas circunstancias, es muy difícil que puedas salir de ese destino que te tienen asignado, como la tarefa o cualquier otro trabajo donde ponen el cuerpo y son explotados”.

“A pesar de que viven esas condiciones pésimas, ellos poseen un reconfortante sentido de comunidad. Crearon muchos lazos solidarios entre ellos: se ayudan y colaboran entre todos para no pasarla tan mal. Además, poseen un humor muy vivo frente a la adversidad. Más allá de la denuncia social, quería mostrar cómo ellos buscan, mediante el humor, la manera de encontrar momentos de felicidad aun en esas condiciones de vida”.

Sin embargo, Marcone distinguió que la de estos trabajadores misioneros “es una forma de reír que al mismo tiempo es una risa y un llanto. Es una manera de reírse con tanta expresividad que te das cuenta de que en realidad hay algo más que sale a través de esas risas. Es algo que tienen reprimido y que expresan a través de esas carcajadas”.

En uno de los momentos más logrados de la película, Marcone filma a unos niños que juegan en la calle a cargar “raídos”, una imagen que anticipa el lugar en la sociedad que el destino les depara: “Llega un punto donde deben elegir entre la escuela y el trabajo, entre ser una carga o aportar para el sostén familiar. Aceptan el destino y ponen la carga en la futura generación. Y así es una rueda que no acaba nunca”.

Fuente: Télam

 

 

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